Participaron del delirio:

domingo

aplastate, aplastame, te aplasto, aplastar

Yo la miré y ella se quedó quieta. Muy quieta. Casi muerta. Entonces hice amago de agarrar mi estropeada y aniquilidora pantufla y ella huyó despavorida. Se escondió.
Es muy fea, es tan fea. Tanto que pensé en matarla solo por su fealdad. Y entonces la vi correr velozmente y pensé que en realidad su vida valía más que la mía. ¿Hubiera escapado yo con tanto deseo de superviviencia ante la amenaza de la pantufla? ¿O me hubiera rendido? ¿Como sería morir bajo una pantufla sucia y vieja? (mi pelo olía bien hace una rato, ya no me acuerdo cuantas horas desperdicié sentada acá)

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Ella volvió. Me mira, sé que me mira. Yo me quedo quieta. Espero. ¿Qué espero? ¿Y si ella de repente sacara una pantufla de algun lado? Pero se mueve y yo me asusto. ¿Por qué me asusto? Ella es insignificante, es chiquita. Es horrible. Así que tomo la pantufla otra vez. La miro. Ella huye. Se esconde.

No la ví más.


Araña de mierda.